La Plomada de Dios Parte 2

 



LA PLOMADA DE DIOS

(Parte 2)

AMOS 7:1-8

 

Predicado: 01 de Marzo de 2021

Pastor Gerardo Marin.

Ahora sigamos con lo que pasaba con el pueblo de Dios en el tiempo de Amos:   


1.    ¿QUE ES LO QUE ACONTECIA EN ISRAEL?

Aquí vamos a ver por qué Dios llego a pararse sobre el muro con una plomada: Lo que hoy vamos a detallar en este pueblo, es lo que muchas veces o en su mayoría está pasando en las iglesias de nuestra época. El país que Dios estaba por castigar no era el de Amós (él vivía en el reino de Judá), sino el reino vecino de Israel. Y Amós podía sospechar por qué. En su condición de ganadero y de cultivador de sicómoros, él había viajado mucho, había estado en contacto con comerciantes y hombres de negocios, y conocía bien la situación política nacional e internacional de su tiempo. De hecho, en sus profecías menciona 38 ciudades, cada uno con su problemática, lo que muestra su impresionante conocimiento de la realidad.

A ¿Y qué pasaba en Israel para que Dios hubiera decidido destruirlo? En realidad el reino estaba atravesando una de sus etapas más prósperas, pues el rey Jeroboam II había logrado realizar un «milagro económico» sin precedentes. Florecían las viñas, crecía la agricultura, se había duplicado la cría de ganado, progresaba la industria textil y tintorera, se expandía el comercio, y su capital Samaria se había transformado en una ciudad opulenta donde prosperaba la construcción de palacios y casas lujosas como nunca antes se había visto, Amos 6:5-6 “Duermen en camas de marfil, y reposan sobre sus lechos; y comen los corderos del rebaño, y los novillos de en medio del engordadero; gorjean al son de la flauta, e inventan instrumentos musicales, como David; beben vino en tazones, y se ungen con los ungüentos más preciosos; y no se afligen por el quebrantamiento de José”.

B Esto se veía beneficiado por la situación política internacional; los países vecinos (como Damasco, Asiria, Egipto) estaban en crisis, y esto permitía a Israel vivir una época de paz y tranquilidad excepcional. Incluso la vida religiosa se veía favorecida; se habían levantado magníficos santuarios, uno de los cuales, en la ciudad de Betel, era el orgullo nacional; ricamente adornado y atendido por sacerdotes a sueldo, celebraba grandes fiestas semanales y atraía a numerosos peregrinos.

C Pero todo ese bienestar ocultaba una enorme descomposición social. Porque mientras la clase dirigente aumentaba su riqueza, construía fastuosas mansiones, y organizaba espléndidos banquetes todos los días, mucha gente estaba sumida en la miseria. Había graves desigualdades sociales, y un contraste brutal entre ricos y pobres. Los campesinos se hallaban a merced de los prestamistas, que los exponían a hipotecas y embargos. Los comerciantes se aprovechaban de la gente, falseando las pesas y las balanzas. Los jueces se dejaban sobornar, y recurrían a trampas legales. Y lo peor era que el gobierno no hacía nada para remediar la grave situación de injusticia, Amos 5:9-12: “Ellos aborrecieron al reprensor en la puerta de la ciudad, y al que hablaba lo recto abominaron. Por tanto, puesto que vejáis al pobre y recibís de él carga de trigo, edificasteis casas de piedra labrada, mas no las habitaréis; plantasteis hermosas viñas, mas no beberéis el vino de ellas. Porque yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, y recibís cohecho, y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres”                                                                                        

Amós se dio cuenta del deterioro estructural que sufría la sociedad, y de que no había forma de enmendarla. La única salida era destruirla totalmente y empezar de nuevo. En eso Dios tenía razón, pero el precio que pagaría el profeta al ir a Israel tenía que ser muy alto (El repudio, el marginamiento y los señalamientos de los líderes del pueblo) 

 

2.    EL MANDAMIENTO DE DIOS

Pero mientras meditaba estas cosas, Amós sintió de pronto la voz divina, que le dio la sorpresa más grande de su vida: le encargó que fuera él al reino de Israel y anunciara la catástrofe. ¡Qué situación más embarazosa debió de experimentar Amós! Él, un ciudadano del reino de Judá, debía trasladarse a otro país, y allí predicar un mensaje trágico y letal. Dios no podía pedirle algo más terrible. Es muy peligroso llevar un mensaje de exhortación a un lugar donde no están haciendo las cosas bien, Hay que entender que el que provoca la crisis ama la mentira.

--- Muchas veces sabemos que en nuestras iglesias están pasando situaciones muy oscuras y pensamos ¿Cuándo Dios va a hacer justicia?, El llevara a quien asigne esa misión, pero podría darnos una sorpresa, que nosotros seamos los encargados de llevar esa Palabra de Dios, sabedores contra quienes nos vamos a enfrentar.

--- Amos a lo mejor pensó por un momento negarse y decirle a Dios que no. Pero sintió un temblor en su cuerpo, un fuego que lo devoraba por dentro, y un rugido ensordecedor que amenazaba hacerle estallar sus oídos. No era fácil rechazar un encargo divino. Y ese día decidió aceptar la vocación de profeta. Como lo dirá tiempo más tarde: «Ruge el león, ¿quién no temerá? Habla el Señor, ¿quién no profetizará?» (Amos 3,8).

--- Aquí puede suceder dos cosas: Llevar esa Palabra de advertencia o corrección de parte del Señor, y que, si así fuese, también podría ser la herramienta de salida de ese lugar donde no vamos a crecer espiritualmente, o por medio de ese mandamiento enderezar eso malo que está pasando.

Así fue como el ganadero de Técoa abandonó su casa, dejó sus rebaños y partió rumbo a Samaria, capital del reino de Israel, a 90 kilómetros de su aldea, para anunciar lo que Dios le había revelado. Y enderezar esas veredas

¿Qué hizo el profeta? Al llegar a la plaza del mercado halló una multitud que abarrotaba los puestos de compra y venta de mercancías, venida de la ciudad y de las aldeas vecinas. Se ubicó entonces en un lugar alto, donde todos pudieran verlo bien, y comenzó a hablar.

--- Amós fue inteligente. Eligió una táctica genial y de gran impacto psicológico para inaugurar su misión. En vez de criticar directamente a Israel, que es lo que debía hacer, comenzó criticando a los países vecinos. La gente, al oírlo predicar, empezó a acercarse para ver qué decía. Y escuchó cómo Amós, presentándose en nombre de Dios, mencionaba a las naciones enemigas de Israel y les comunicaba el castigo que se merecían por sus pecados ( Mucha gente se alegra cuando oyen que Dios está castigando a los de alrededor): A Damasco, por invadir territorios ajenos; a Filistea, por comerciar con esclavos; a Fenicia, por su falta de fraternidad; a Edom, por odiar a sus vecinos; a Amón, por su crueldad en la guerra; a Moab, por ultrajar a los muertos; y a Judá, por su idolatría (1,3-2,5). Cada frase de Amós provocaba en los presentes un asentimiento con la cabeza y aplausos de aprobación, de manera que poco a poco fue ganándose al auditorio y creando un ambiente sumamente favorable.

--- No vamos a negar esto que pasa en las iglesias, cuando se habla de otras congregaciones la mayoría se alegra, cuanto más los lideres, que hasta se dan el lujo de juzgar a otros sin ver lo que hay en sus iglesias, “No juzguéis para que no seas juzgado…”

Pero el discurso no era mera retórica para ganarse la simpatía de la gente. Serviría para mostrar que, si Dios castigaba así a los pueblos que no conocían su Ley, con cuánta más dureza castigaría al pueblo que conocía su Ley y la había rechazado.

A esta altura del sermón se había creado un ambiente de excitación formidable en la plaza. Las multitudes asentían ante cada palabra, y se preguntaban quién sería el próximo de la lista. Entonces Amós, viendo que había llegado el momento, lanzó su carta escondida. Dijo a los israelitas: Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos. Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes; y el hijo y su padre se llegan a la misma joven, profanando mi santo nombre. Sobre las ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar; y el vino de los multados beben en la casa de sus dioses. Yo destruí delante de ellos al amorreo, cuya altura era como la altura de los cedros, y fuerte como una encina; y destruí su fruto arriba y sus raíces abajo. Y a vosotros os hice subir de la tierra de Egipto, y os conduje por el desierto cuarenta años, para que entraseis en posesión de la tierra del amorreo. Y levanté de vuestros hijos para profetas, y de vuestros jóvenes para que fuesen nazareos. ¿No es esto así, dice Jehová, hijos de Israel? Mas vosotros disteis de beber vino a los nazareos, y a los profetas mandasteis diciendo: No profeticéis. Pues he aquí, yo os apretaré en vuestro lugar, como se aprieta el carro lleno de gavillas; y el ligero no podrá huir, y al fuerte no le ayudará su fuerza, ni el valiente librará su vida. El que maneja el arco no resistirá, ni escapará el ligero de pies, ni el que cabalga en caballo salvará su vida. El esforzado de entre los valientes huirá desnudo aquel día, dice Jehová” Amos 2:6-16 «¡Y ahora ustedes! Porque han cometido tantos crímenes como ellos. Porque venden al inocente por dinero, y al pobre por un par de sandalias; oprimen y humillan a los débiles; pervierten a los más humildes; el hijo y el padre se acuestan con la misma mujer; se hacen quedar lo que no es de ustedes; rezan a los ídolos, y después van al templo a tomar vino comprado con dinero ajeno»

Estas palabras cayeron como una bomba en ese lugar, y el clima se volvió tenso. La gente enmudeció, preso de un gran nerviosismo. Poco a poco, la gente, molesta, se fue retirando, y dejó solo en medio de la plaza al profeta judío. Pero Amós no se desalentó, y regresó al día siguiente, esta vez a las calles de la ciudad, y con un mensaje más duro aún. Se dirigió a las mujeres de la alta sociedad. Les gritó: «Escuchen esto, vacas de Basán, que oprimen a los pobres, maltratan a los necesitados y ordenan a sus maridos traerles vino para beber. Dios lo jura: vienen días en que a ustedes las llevarán con ganchos, y a sus hijos con anzuelos. Tendrán que salir en fila, entre los escombros, y las echarán al excremento. Lo asegura el Señor» Amos 4,1-3.

¡Era una provocación increíble! ¡Llamar «vacas de Basán» a las mujeres adineradas! Pero Amós sabía lo que decía. Basán era la región fértil del noreste de Galilea, famosa por su ganado y sus vacas gordas. Y sabía también que la vida de lujo y bienestar que las mujeres de la capital llevaban sólo era posible gracias a la explotación de los campesinos.

Durante varias semanas, el Amos continuó con sus denuncias ante la incomodidad de toda la ciudad de Samaria. Denunció a la policía local y sus métodos violentos (3,9-10), a los jueces corruptos (6,12), a los abogados deshonestos (5,7), a las autoridades que aceptaban soborno (5,12), a los funcionarios cómplices de la «casa de gobierno» (6,1), a los usureros (5,11), a los ricos con su vida fastuosa y superficial (6,4-6), a los testigos falsos (8,14), a los poderosos que se aprovechaban de los débiles (8,4), a los comerciantes inescrupulosos (8,5), a los vendedores inmorales (8,6), a las chicas presumidas que sólo se preocupaban de su cuerpo (8,13). No dejó a nadie sin acusar.


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